viernes, noviembre 21, 2008

CORTITO Y AL PIÉ VI

TOCATE EL PELO

El estadio había quedado chico esa tardecita de verano. Hacía calor, si, pero nada impediría ese día que el público colme las instalaciones del “Monumental”, como le decían los locales a la prolija cancha del Atlético, ya que el andar del equipo era más que satisfactorio. Jugaba bien, venía de racha y, seamos sinceros, el rival de turno no era de lo mejor del torneo.
Yo llegué sobre la hora de inicio del partido. No es que el match no me interesaba, al contrario, si no me había perdido un solo partido; pero recién volvía de un viaje con mi padre, que aprovechaba mis vacaciones escolares para “usarme” de peón en su negocio.
Las tribunas “chorreaban” de gente, como decía un improvisado relator radial , por lo que no tuve más remedio que ubicarme apoyado en el alambrado, a ras del piso, en el único huequito que encontré entre un gordo y una columna justo cuando ingresaban los equipos a la cancha. Papelitos, cantitos, manos arriba para saludar a los espectadores, “el clásico folclore del fútbol” seguía diciendo el ahora obvio relator.
Y de pronto, al mismo momento que el juez daba la orden de iniciar el juego, nadie sabe de donde, él apareció. Vestía musculosa, pantalón largo dos talles más grande amarrado con un cinto a punto de cortarse, ojotas. Y olor a vino, mucho olor a vino. Lo vi apuntar y enfilar hacia donde estaba yo y rogué que no fuera lo que me imaginaba. Pero nadie escuchó mi ruego y el clásico borracho que nunca faltaba por ese entonces en cualquier estadio de pueblo, se hizo un lugar entre el gordo y yo, que me quedé aplastado contra la columna. Era eso ó no ver el partido y mi expectativa por un posible triunfo de mi equipo pudo más.
El borracho apenas se ubicó empezó con su propio show como todos los de su condición: con gritos hacia el árbitro, algún insulto al rival y un par de escupitajos fallidos al juez de línea que corría pegado al alambrado. Yo, en mi lugar quietito trataba de concentrarme en las acciones del partido.
Pero de pronto, mi vecino cambió su actitud y se dedicó a alentar a nuestro equipo, enfocándose en nuestro mejor jugador: “¡Bien Marcelo!” le gritaba a nuestro “10”. “¡Jugá Marcelo, jugá como sabés!” seguía. Y al ratito nomás, tiro libre cerca del área para nosotros. “¡Pegale vos Marcelo!” fue la “orden” del beodo espectador que, mientras su admirado jugador acomodaba la pelota, se dio vuelta y mirándonos a los demás espectadores que lo rodeábamos nos dijo: “Prepárense para el gol” y empezó a cantarlo “goooooooooo” así, alargando la “o”, pero sin terminar la palabra. Marcelo pateó y fue un golazo. Al ángulo. Y todos los gritamos y nos reíamos de alegría y del vaticinador que teníamos a la par nuestra. “Te dije Marcelo” prosiguió con su imaginario diálogo el borracho, “festejalo ahora” decía mientras el autor del gol se abrazaba con sus compañeros.
“Vamos, a seguir así Marcelo” gritaba mientras se reanudaba el juego. “Ahora meteles otro gol” continuaba con sus instrucciones. “Bien Marcelo, tocala ahora”. Y Marcelo tocaba. "¡Correla Marcelo!" Y Marcelo picaba al vacío. "¡Pedila Marcelo!" Y Marcelo levantaba la mano, llamando la atención de sus compañeros. El espectáculo ya empezaba a hacerse gracioso. Parecía que nuestro jugador estrella obedecía cada una de las “órdenes” de este señor que de señor tenía poco y de sobrio también.
Pelota por el aire, pase largo. “Matala de pecho Marcelo” y Marcelo la dormía con el pecho y salía jugando. “Encará Marcelo” y Marcelo encaraba, ganaba y afirmaba estar en una de esas tardes en que le salían todas. Pero la gente ya miraba antes al borracho que al partido. Tiro de esquina para el Atlético. “Marcelo, no vayas al área” y Marcelo como si lo escuchara y acatara la instrucción, se quedaba plantificado a un paso de la media luna. Y nuevamente, mi ahora gracioso compañero de lugar, que se da vuelta y anuncia: “Viene el gol de Marcelo: goooooo”. El arquero rechaza con los puños el tiro desde la esquina, el “10” toma la pelota como viene. ¡Golazo! Ahora la puso contra el palo. Y la gente deliraba y se quería abrazar al borracho. “Bien Marcelo, festejalo” repitió éste una vez más mientras el goleador dedicaba el tanto a alguien de la platea del otro costado.
Dos a cero, el partido tranquilo, con un rival que no haría nada por descontar y se conformaba con perder por poco. Faltaba poquito para terminar el primer tiempo y la gente definitivamente quedaba a la expectativa de lo que diría ahora este personaje que parecía vaticinar uno y cada uno de los movimientos de Marcelo. “Tocala cortita Marcelo” y venía un pase seguro a un compañero. “Corré, no te quedes” y Marcelo arrancaba.
Y justo sobre el final, como si fuera el punto culmine de una comedia, Marcelo se tiró por la banda derecha y quedó justo a dos metros de donde nos encontrábamos ubicados, cuando llegó la orden: “Encará Marcelo” y obviamente Marcelo intentó un regate ante su marcador. “Buscá el full Marcelo” y el defensor no aguantó y le tiró la zancadilla haciéndolo caer. “Bien Marcelo, levantate”. Y Marcelo se levantó. “Ahora, tocate el pelo”.
Todavía recuerdo la cara de desconcertado de Marcelo al ver que toda la gente de ese sector de la cancha se reía y aplaudía mientras él se acomodaba su largo cabello.

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5 Comments:

Anonymous am10 said...

que marcelo ¿lopez?

8:32 a. m.  
Anonymous Anónimo said...

¿Qué Marcelo?
Agachate y conocelo

8:57 a. m.  
Anonymous inversionista said...

que
buen relato
en realidad a quién le importa Marcelo si los protagonistas de ésta historia son
el autor y el borracho que oficiaba de técnico fuera de la cancha
insisto
que buen relato

9:09 a. m.  
Anonymous Anónimo said...

Muy buen relato!!!
Nada que envidiarle a Alejandro Apo.
Saludos.-

3:32 p. m.  
Blogger Germán said...

Excelente relato Pachi. A mi me parece que todavía te quedan un par de cosas por decir antes de colgar los botines.

Germán.

1:10 p. m.  

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